martes, 21 de febrero de 2017

Emperador



María Elena Ortega
(Imagen proporcionada por la autora)

Sólo su cola parda se asomaba entre la maleza del terreno baldío. Lo descubrí cuando el perro del vecino empezó a ladrar sin parar. Imaginéal gato sucio y sarnoso viviendo entre la basura que la gente arroja en ese lugar creyendo que ahí desaparece de su vida. Quizá se alimente de ratas. No lo sé: sólo veía su cola erguida como un cetro que le otorgaba todo el derecho de vivir ahí.
La primera helada de invierno secó la maleza del feudo gatuno, así que quemarla les resultó fácil a los empleados del municipio.
¡¿Emperador?! Pensé alarmada. ¡Han quemado su reino! ¿Habrá salido a tiempo? Los perros de los vecinos se unen al grito de guerra. Las llamaradas destruyen todo en segundos. Al final sólo quedó el humo cubriendo la derrota de su imperio.
No dejé de mirar por la ventana, quería verlo, saber que estaba bien. Me gustaba sentir su feliz soledad, su orgullosa independencia.Esa libertad que le envidian los perros de mi cuadra. ¿Adónde habrá huido?
“Encontré un agujero entre el muro de hiedra, lo voy a cubrir para que no se metan las ratas”, me dijo el jardinero. No eran roedores: las evidencias me mostraron la presencia de Emperador en mi jardín: la tierra removida junto al manzano; los pelos sobre los cojines de las sillas de la terraza. Aquí había encontrado su refugio. Por la noche le puse agua y algo de comida. De vez en vez me asomaba a la terraza para verlo. No lo vi, pero los platos amanecían vacíos.
Una noche su llanto me despertó. Salí al patio y ahí estaba con la cola garbosa. Dejó que me acercara para que descubriera la quemada que traía en una pata: se le había infectado. Permitió que lo cuidara. Después de un tiempo se volvió mi mascota. Le compré un cojín de algodón y alimento gourmet, tratamiento especial para el pelo y un collar con piedras preciosas, rindiéndole honor a su real investidura.
Emperador llenó con su calidez el vacío triste de las ausencias. Me agradaba la tibieza de su cuerpo rozando mis piernas y que me dejara traerlo entre mis brazos casi todo el tiempo. Sólo lo sentía lejano cuando se echaba durante un largo rato en el pretil de la ventana mirando hacia el terreno de enfrente con nostalgia.
Le compré otro cojín para que durmiera en mi cama y varias pelotas con diferentes texturas, y un poste de lazo para rascar y limar sus ansiedades: tener objetos nuevos sirven para aliviar la tristeza.
Por eso, hoy voy a comprarme un dije en forma de gato con esmeraldas: hace ya una semana que Emperador también me abandonó. Encontré su collar entre la hiedra. No dejé que el jardinero volviera a tapar el hueco. Quizá me sirva un día para escapar también.