miércoles, 17 de febrero de 2016

Variación sobre el cadáver de un gato



Alejandro Badillo

En la calle donde está mi domicilio, un gato muerto se descompone gracias a la acción del tiempo y de la intemperie. Lo descubrí gracias a mi manía por observar detalles en el piso y en cierta obsesión infantil por los que habitan tras las rejas de mis vecinos. Un gato muerto en una casa abandonada es objeto de breves asombros y, quizá, motivador de algún monosílabo, ligeros fruncimientos de nariz. En este caso en particular, nadie le dio cristiana sepultura y el gato inanimado sigue echado en su muerte, retando la labor de gusanos y demás animalillos. Mi diario trajinar por la calle me hizo testigo involuntario de su lentísimo reciclaje. La ausencia –a primera vista– de marcas en su cuerpo, me llevó a deducir que su muerte no era producto de alguna batalla felina, de esas que tanto gustan a los insomnes. Al pasar los días, sin datos para sostener ninguna teoría de respeto, mi rebuscada imaginación me hizo ver al gato víctima de una emboscada, encontrando la muerte a manos de una bruja. La imaginación fue a más (la ociosidad de diciembre puede dar frutos sorprendentes) y así reconstruí una añeja disputa entre dos familias, la maldición de un gato muerto, dejado en sigilo tras las rejas. Pasaron los días, el olor de la pudrición fue menguando así como la frágil estructura del cuerpo. El tronco se desinfló como globo pinchado y el piso fue absorbiendo parte de las patas y de la cola. A veces pensé que estaba frente al fósil de una bestia fantástica, aún sin clasificar por los científicos, y hubo un tiempo en que más que cadáver fue mero rompecabezas gatuno. El pelaje ha perdurado y ahora parece una magra alfombrilla resecada por el sol, cada vez más distante de la cabeza que ya deja ver asomos de hueso.

El gato me mira todos los días con sus ojos vacíos y podría decirse que siente natural orgullo de su exhibicionismo. Los gusanos y demás insectos que, en teoría, deberían reducir su cadáver a su mínima expresión, han abandonado la empresa exhaustos, esperando que algún buitre imaginario tome su lugar y de punto final a la historia. Sin embargo, a pesar de todo, el gato sigue ahí, y la heroicidad de su resistencia me hace pensar que tal vez espere la compasión de un taxidermista. Para los místicos, el bosquejo de su cuerpo será una variación inesperada de la naturaleza, una broma que Dios puso cerca de mi casa. Lo único cierto es que esta historia explicaría muchas cosas: que las nueve vidas son nueve muertes, que el eterno retorno de Nietzche no es privativo de los humanos, y que no es aconsejable la súbita extinción de un gato, porque no asimila su muerte y, pensando que sigue vivo, espera tras la reja de una casa, paciente como momia felina, que alguien la desencante acercándole un tazón con leche.


jueves, 23 de abril de 2015

Prinz




Oriana Lara Salomón
Foto de la autora
  
Parece que fue ayer cuando leí el anuncio en el periódico: "Se regalan gatos pequeños". Nosotros ya teníamos dos gatas, una negra y una de las llamadas mariposas, o tricolor, pero yo soñaba con encontrar por ahí un gato, atigrado, para ser más exacta. Cuando llegué al domicilio indicado en el periódico, la buena alma que regalaba los gatitos me explicó que una gata de la raza "sola llegó" —la raza predominante en el mundo— se había instalado hacía algunas semanas en el cobertizo detrás de su casa y había parido —sin asistencia, como es tradición entre las hembras sin hogar— seis gatitos. A saber cuántas semanas tienen de nacidos, pero ya comen solos dijo—. Acto seguido, la joven trepó por una escalera de madera que llegaba al sotabanco, se asomó, bajó de nuevo y me pidió que subiera a escoger un gatito, mi gatito. Más o menos diez escalones más arriba, alcancé a vislumbrar una mota de pelo que comía de la lata que la joven acababa de colocar para —valga la expresión— engatusar a los gatos. Ése —le dije, porque los otros cinco huyeron al verme—, el que está comiendo. Yo bajé y ella volvió a subir por la escalera, las manos enfundadas en guantes de jardinería, y se dispuso a atrapar al cercano mi gato. Un largo y desafinado "¡Meow!" y diez garras en la espalda fueron la airada respuesta del mi gato, que protestaba ante su propio rapto. Un segundo después, su madre, una gata blanca y bufante, le saltó encima a la joven, se le prendió del brazo con otras diez garras y varios dientes y se dejó caer acrobáticamente los cuatro metros que la separaban del piso, para acto seguido salir huyendo —estoy segura que con la furia, olvidó que al final del sotabanco estaba el vacío—. Y yo, yo recién me daba cuenta de que el universo acababa de poner un gato atigrado en mi camino, porque en la oscuridad de la guarida gatuna no había sido posible ver el tono de su pelaje. Prinz —se llama— nunca me ha dicho qué fue lo que pensó que tenía enfrente cuando me vio, pero —sea lo que sea que haya pensado— su mirada aterrada y su maullar ininterrumpido pronto dieron paso a una mirada confiada, al ronroneo, al juego, a los mimos y a los besos de nariz más tiernos del mundo.

viernes, 22 de agosto de 2014

Blaky, no es un cuento

María Elena Ortega


Desde que te cambié el nombre para escribir un cuento de gatos, te convertiste en otra. Quise hacer de ti una historia: fuiste un gato y te llamé Sócrates, desde este nombre que inventé, tu vida hecha ficción se diluyó porqueno eres un cuento.
Mi esposo decidió traerte un día a nuestra casa. Lo seguiste durante variosdías hasta su oficina y se sintió tu dueño. Mis dos hijos compartieron con aclamación la aventura de tu llegada. Enseguida te buscaron un nombre. Por el color negro de tu fino pelaje, te pusieronBlaky. Luego exigí que te dieran un baño, la primera regla de domesticación a la que quedaste sometida.Siempre lo odiaste.
No me agradó tu presencia, por eso decidí dejarte en la cocina, preparé tu cama con una caja y un trapo viejo. Después supe que los gatos no tienen límites ni fronteras. En pocos días te adueñaste de toda la casa; tus lugares preferidos fueron mi cama, mi almohada y la esquina soleada de uno de los sillones de la sala. Con el tiempo, mis hijos y mi esposo te empezaron a humanizar. Si ellos tenían hambre o frío, también tú sentías hambre y frío.Querían tenerte calentándoles los pies mientras veían televisión o echada sobre la mesa donde hacían la tarea. Yo te quería fuera de la casa.
Cuando te fuiste, me sentí contenta, pero el bullicio que hacía mi familia con tu presencia desapreció como si te lo hubieras llevado colgado en el cuello. El gusto que por un momento sentí con tú ausenciase esfumó al sentir el silencio triste pintado en los rostros de mi familia. ¡Vamos a buscarla!, les dije.
Toda una tarde por las calles del vecindario gritamos tu nombre. Agotados volvimos a casa sin ti. Decidiste volver tres días después; estabas flaca y sucia. El bullicio alegre volvió a inundar la casa.A partir de tu regreso empezaste a seguirmea todos lados; te gustaba estar bajo la mesa de la cocina mientras cocinaba.
Dos semanas después, nos dimos cuenta que estabas embarazada y sólo querías dormir sobre mi almohada. Cuando te llegó la hora de parir, exigiste con un suave y constante maullido que estuviera junto a ti; si te dejaba sola volvías a maullar con insistencia. El brillo lloroso de tus ojos me transmitióel dolor físico que sentías: fue como una conexión entre hembras.
Ese tiempo que pasamos juntas, entre las contracciones y el parto, confirmó el cariño que por ti ya sentía. Te anidaste entre mis afectos, poco a poco y con suavidad tu cálida y silenciosa presencia se hizo imprescindible. Como dócil viento y sin saberlos, nos sacudiste el polvo ríspido que a veces se acumulaba entre nosotros.
Esa noche sólo pariste un gatito; era blancocon rayas grises. Lo llamamos Tiger.

miércoles, 25 de junio de 2014

SASHO



Valentín Estrada Castillo

En algún lugar leí que los gatos no tienen dueño. Esta apreciación siempre la he tenido en cuanto a todos aquellos que me han hecho compañía a lo largo de mi vida. Pero Sasho exageraba. Mas que no pertenecerme, yo le pertenecía. Cuando llegó a mi vida, (regalo de unas señoritas que aún tienen una tienda en el centro de mi pueblo y, aún siguen solteras), era pequeño y flaco. La mayor parte de su cuerpo de pelo negro, desde la barbilla hasta la panza, pelo blanco, nariz y labios rosas y ojos negros. Yo tendría unos once años y el un mes y medio. Al tomarlo de manos de Socorrito, le dije “Sasho”; y él se acurrucó en mis brazos. Al llegar a casa, como era temporada invernal, lo puse en una cajita de zapatos con trapos. Eran los años de los reguladores, ruidosos y calientes, obligatorios para los televisores; así que, la caja la puse sobre el regulador. Tomaba leche y sopa; ocasionalmente, pequeños trozos de carne. Conforme pasó el tiempo, siguió durmiendo encima del regulador y su dieta no varío. Mi papá trabajaba la carpintería. No era ebanista, Elaboraba el último mueble que usa la mayoría de difuntos. Sencillos, pero hermosos ataúdes barnizados al natural o pintados de azul o gris. Los trozos de madera y viruta, eran acumulados en un rincón. Además, cosechábamos maíz y se guardaba en un tapanco, por lo que era necesario y obligatorio contar con el apoyo de algunos gatos. Fifí era un perro pequinés dorado que ayudaba en las labores gatunas, no comía ratones, sólo los mataba. Estos pequeños difuntos se los dábamos a Sasho, pero después de una mirada despectiva, se retiraba. En ocasiones, lo intentábamos con agonizantes ratoncitos, pero el resultado era el mismo. Después de varios años me enteré de que, al irme a la escuela, mi papá y mi abuelito lo abandonaban lejos de casa, por no cumplir con sus obligaciones. Pero en la tarde Sasho estaba de vuelta. No maullaba, sólo ronroneaba. Tampoco perseguía gatas en celo. La verdad es que era muy flojo. La comida se la teníamos que acercar o llevar hasta donde durmiera. En esos años llegó a mi vida Motita, maltés blanca, hermosa y cariñosa. Madre de Boomerang, Penny y Fifí II. Sasho dormía con ellos cuando se le antojaba o cuando se caía del regulador, porque ya no cabía sobre de el. Además, una tarde, mi hermano Salvador se encontró a unas cuadras de la casa, una hermosa rata blanca macho. Cuando me la dio mi hermano, me recomendó que la pusiera en una jaula para que Fifí o Sasho no le hicieran daño. Le puse Sócrates y se las presenté a todos los peluches de la casa, la olisquearon un poco y ya. Fifí la lengüeteó y movió el rabo. Después, se la puse en la panza a Sasho. El dormia de costado y, al sentir el peso enderezó el cuello, también lengüeteó a Sócrates y siguió durmiendo. Puse a la ratita en una caja de zapatos (siempre útiles y multifuncionales), con trozos de tortilla, maíz, pan y galletas y la coloqué a un lado de mi almohada. Y, al otro día, al despertar, Sócrates seguía en la caja. Sus pequeños ojos rojos y sus manitas me gustaron mucho. Tire lo que había que tirar y desayuné. Salí a la secundaría con mi pequeño amigo, para prevenir algo lamentable. Así lo hice varios días, pero no era necesario, Fifí y Sasho respetaban a Sócrates, hasta que murió, un par de años después. De hecho, dormían y jugaban todos, incluida mi ratita. Cuando salí de casa para estudiar, solamente quedaban de mi infancia, Motita, Boomerang, Penny y Sasho. Este último seguía conservando sus costumbres, pero con la edad, ya era necesario llevarle la comida hasta donde el estuviera. Nunca fue gato de azotea, ni de árboles, lo cual facilitaba esta labor, más a mi mamá. Un fin de semana, legué de mi comunidad (ya era profesor); y saludé a mi Motita y Boomerang. Sasho bajó las escaleras, pasó su cuerpo por mis pantorrillas y salió a asolearse nuevamente. Almorcé y platiqué con mi mamá un buen rato. Y salí de la cocina. Ahí en el patio, bajo los rayos del sol, yacía Sasho, después de darme la bienvenida, salió a morir en silencio, de manera plácida y cálida, sin alterarse; como vivió siempre, esperando que todo llegara cuando debía.